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NUEVA ÉPOCA NÚM. 104 OCTUBRE 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Aguas aéreas
Sobre la tela blanca del silencio


David Huerta
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 104| Octubre 2012| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Huerta, David , "Aguas aéreas. Sobre la tela blanca del silencio" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Octubre 2012, No. 104 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=9&art=107&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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La novela póstuma de Antonio Alatorre (1922-2010), La migraña, es pariente cercanísima, por su título, de un ensayo de Oliver Sacks titulado originalmente Migraine y retitulado, en la traducción al español, La jaqueca (mi ejemplar es de Alianza Editorial, del año 1985). Es como si al hacer esa sustitución (“jaqueca” en lugar de “migraña”) no se hubiera tomado en cuenta un hecho palmario, para quienes han padecido una u otra: son muy diferentes, y la migraña tiene rasgos propios y distintos de los de la jaqueca —más complejos, más numerosos—. Esto mismo puede decirse de otra manera: la novela póstuma de Antonio Alatorre es tocaya de un libro de Oliver Sacks. Son libros homónimos y afines, en suma. Uno y otro echan mano de los recursos de los géneros respectivos en los cuales se inscriben, cada uno, con claridad: el ensayo de divulgación científica-médica, clínica (Sacks); la novela de evocaciones con ciertos aires o armónicos de Bildungsroman (Alatorre). Leer un libro para entender el otro no tendría sentido; desde luego, leer los dos es lo más recomendable: son libros de hombres geniales y a su manera se comunican pero no se explican recíprocamente. En mi caso, se trataba de releer La jaqueca o Migraine, de Sacks; de leer por primera vez, como lo hecho ya, la novela de Alatorre: sé de algunos conocidos, lectores privilegiados del manuscrito preparado cuidadosamente, morosamente, a lo largo de muchos años, de varias décadas, en una vieja máquina Olivetti, la legendaria herramienta del taller de Alatorre.

CCC

La etimología, la historia y la forma de la palabra “migraña” son interesantes: resulta el vocablo de una deformación de la fórmula descriptiva “hemicrania”, es decir: la mitad del cráneo, pues esa aflicción ocupa, invade o afecta exclusivamente un solo hemisferio de la cabeza (del cráneo, como se puede ver en la palabra misma). Las descripciones de Alatorre podrían figurar como una larga cita, realmente espectacular, y hasta muy útil —quiero decir, clínicamente útil—, de libros de medicina, o bien de ensayos de divulgación como los de Oliver Sacks. Sé de primera mano cuánto valoran los médicos —y cuánto les sirve para su trabajo— una buena descripción hecha por los mismos pacientes.

La novela de Alatorre es un relato límpido, sin fisuras, escrito sin dudas ni titubeos. Parece ondular como un organismo submarino y, al hacerlo, visitar ágilmente muchos ángulos de las situaciones descritas por el narrador: el texto se mueve sobre la superficie y a diferentes profundidades, contra un diorama memorioso hecho de evocaciones a veces micrométricas; es como si todo ocurriera en una especie de cámara lenta, por el cuidado de las minucias con el cual se dibujan escenas y percepciones. Al mismo tiempo, la narración se dirige sin pausas, con un ritmo y una cadencia bien calculados, hacia su desenlace: un final abierto, al cual se ha llegado como por medio de una serie firmemente concatenada de hechos, rasgos circunstanciales, notas psicológicas, armónicos de la vida mental y emotiva del protagonista.

La vida en una comunidad religiosa —el “seminario de Tlalpan”— está recreada en la novela de Alatorre con tintas sobrias, sobre todo en la primera parte; pero esa sobriedad desaparece en cuanto el encierro monástico entra en curso de colisión con la sensibilidad exacerbada de Guillermo, el protagonista, un muchacho prácticamente en estado de inocencia. Frente a la comunidad de los adolescentes devotos, la soledad microcósmica de Guillermo, un “mundo abreviado y puro”, se revela violentamente, en toda su complejidad, con la aparición laberíntica de la migraña, amasijo sensorial auténticamente avasallador. La migraña es una especie de estado propiciatorio durante el cual el joven sabe que por unos momentos su ser todo se situará, de modo relampagueante, dentro de una realidad paralela, sin rostros, sin discursos, sin teología, sin contactos, impersonal y a la vez abismal dentro de su mente y sus nervios —un pozo insondable de irisaciones y destellos casi dolorosos, de tan intensos.

No creo exagerar si señalo en esta novela una ilustración parcial del viejo tema de las “edades del hombre”. Aquí se abordan dos de esas edades: la adolescencia o el fin de la infancia y la primera juventud; quedan fuera de su ámbito la madurez adulta —aun cuando desde esta edad, la adulta, se hacen las evocaciones— y la vejez. El nacimiento de un hombre joven gracias al asalto refulgente de la migraña significa, en estas páginas, también el nacimiento de un ateo: el sacerdote católico en ciernes del seminario de Tlalpan se transforma en un descreído absoluto. Esto no lo dice con todas sus letras La migraña, pero lo deja ver con suficiente claridad: apunta a esa “experiencia religiosa” —para decirlo en los términos de William James— consistente, en el caso del relato de Alatorre, en una experiencia conducente a abandonar radicalmente la religión, la de los dogmas, la de la cerrazón espiritual, la de la fe del carbonero. El otro tema es el nacimiento de un cuerpo diferente para un mismo individuo, experiencia común de quienes maduran y, además, tienen consciencia de esa transformación: no solamente el cuerpo de un hombre joven contrastado con el cuerpo adolescente, sino más específicamente el cuerpo de un homosexual; de nuevo: ese nacimiento no está explicitado en la novela de Alatorre pero en sus páginas ese tema está como grabado en filigrana para quien desee verlo. Las escenas del baño en el seminario, en la parte final del libro, son lo bastante diáfanas, me parece, para llegar a esta interpretación.

Los malos entendidos ante La migraña están a la vista y servidos para lecturas parciales, equívocas, de mala fe o sencillamente impacientes. El enorme filólogo, el crítico agudo y sensibilísimo, el maestro sabio, el lector deslumbrante llamado Antonio Alatorre se nos aparece póstumamente como novelista: ¿está su novela a la altura de su prestigio formidable en otros campos de la literatura? Me temo lo siguiente: para muchos, este relato será, en el mejor de los casos, una obra menor junto a los vastos estudios históricos, críticos y filológicos, zona sin duda central de su legado intelectual y literario. Y sin embargo, habrá lectores, como yo, para no ir muy lejos, a quienes este libro de poco menos de cien páginas nos parezca una obra acabada, admirable, valiosa.

En la página 81 de La migraña di con esta frase: “sobre la tela blanca del silencio”, endecasílabo bien modulado, yo diría perfecto: ¿cómo no pensar, al leer ese microgramo prosódico en la novela de Alatorre, en sus increíblemente vastos conocimientos de la poesía en lengua española y en su gusto exquisito para leerla, dárnosla a leer, enseñarnos a valorarla? No podría jurarlo —y por lo demás es algo imposible de demostrar o probar—, pero tengo esta muy viva impresión: al escribir el pasaje donde aparece este verso, Antonio Alatorre está entero en una especie de plenitud holográfica: a partir de esas once sílabas se trasluce su personalidad intelectual —como sucede, también, con los versos de Miguel de Cervantes engastados a menudo en su prosa (léanse estos dos heptasílabos dichos por la pastora Marcela en el capítulo 14 de la Primera parte: “Fuego soy apartado / y espada puesta lejos”).

Al escribir “sobre la tela blanca del silencio”; al arrancarle al escenario populoso de la memoria una serie formidable de imágenes y sensaciones —los trances migrañosos, las erizadas cuasi alucinaciones desencadenadas por esa “aflicción común” (Sacks)—; al explorar sin concesiones ni complacencias ni engaños la vida de su personaje, Antonio Alatorre le dio cauce a un arraigado deseo de escritura y combatió de la mejor manera posible una tentación —quizás una obsesión de muchos años—, un deseo vivido seguramente con lucidez: cedió a esa tentación para derrotarla, según el consejo de Oscar Wilde. Escribió su novela.

Gran lector de poesía, supo encontrar en ella, en la poesía, ilustraciones de la experiencia central de su novela o noveletta; así, por ejemplo, en el número 12 de la revista Paréntesis, de la cual fue colaborador, en un ensayo titulado “Palíndromos y retrógrados”, Alatorre comentó así un puñado de versos del poeta argentino Bernardo Schiavetta (nacido en Córdoba en 1948; véase en el recuadro la cita con esos once versos):

Es un poema que se sostiene en sí mismo, escrito en impecables endecasílabos. Puede parecer misterioso, surrealista, pero para mí no lo es, sino, al contrario, muy realista: describe con toda precisión lo que son esos fosfenos que yo padecí en mi monástica y neurótica adolescencia. Y su circularidad evoca el antiquísimo palíndromo de los tormentos infernales: “In girum imus nocte, ecce et consumimur igni”.

Este formidable palíndromo latino —dice Alatorre en el pasaje dedicado a ese artificio— “describe la suerte de las mariposillas nocturnas dando vueltas y vueltas en torno a la llama de la vela hasta que se queman en ella, o bien la suerte de los demonios y los réprobos, que ‘giran’ en torbellino, en una noche eterna, entre las llamas del fuego que nunca se apaga” y agrega, entre paréntesis: “Se lee al derecho y al revés, y de nuevo al derecho y de nuevo al revés, ad infinitum”. Al comentar, más adelante, los endecasílabos de Schiavetta, se olvida, empero, de las mariposillas nocturnas y sólo retiene los “tormentos infernales” evocados por el palíndromo; acaba de mencionar su adolescencia “monástica y neurótica” —debió añadir “migrañosa”—. La adolescencia en un seminario de Tlalpan es igualmente migrañosa y neurótica para Guillermo, el protagonista del relato póstumo de Alatorre.

La migraña vivirá su vida y encontrará sus lectores. No sé si es una obra menor, en el sentido menos interesante de esta expresión (quizá lo sea en el sentido deleuziano-guattariano); en mi lectura se fue desplegando pausadamente como una exploración tenaz de la mente, del cuerpo y de los nervios.

En el cielo de los ateos, Antonio Alatorre seguirá recordando Autlán, el seminario de Tlalpan, sus amistades literarias, sus polémicas, sus clases universitarias. Seguirá siendo el conversador deslumbrante, el conferencista consumado y el escritor tan admirado y tan amado por tantos de nosotros, sus lectores fieles.

Las páginas de esta breve novela están lejos de ser su testamento. No sé si Alatorre dejó un testamento. Sé, en cambio, cuánto le debemos y le seguiremos debiendo.

fosfenos
Bernardo Schiavetta

miríadas ardiendo en las tinieblas
son débiles fulgores tras los párpados
son galaxias son fuegos de artificio
son centellas son chispas son pavesas
son fuegos de Santelmo son cocuyos
son luciérnagas NO no son luciérnagas
no cocuyos ni fuegos de Santelmo
ni pavesas ni chispas ni centellas
ni fuegos de artificio ni galaxias
son débiles fulgores tras los párpados
miríadas ardiendo en las tinieblas


   
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David Huerta

Nació en la Ciudad de México el 8 de octubre de 1949. Poeta, ensayista y traductor. Estudió Filosofía, Letras Inglesas y Españolas en la FFyL de la UNAM. Ha sido redactor y editor de la Enciclopedia de...


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