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III

Graham Greene visita nuestro país en la primavera de 1938 durante cinco semanas y, como Lawrence, escribe primero un acerbo libro de viajes, Caminos sin ley, que después llevará al campo de la ficción en su magnífica novela The Power and the Glory, donde México tampoco queda muy bien librado sobre todo porque de algún modo expresa, como casi todos los viajeros ingleses, que el mayor mal de nuestro país proviene del mestizaje, lo cual implica ignorar la idiosincrasia y la parte esencial de esta nación. El viaje de Greene a México parte de un encargo para escribir contra la persecución religiosa propiciada por Garrido Canabal en el estado de Tabasco y denunciar los fanatismos de nuestros corruptos gobernantes capaces de lanzarse “por sus pistolas” contra la religión y el consumo de alcohol, en contra de las más acendradas creencias y las más arraigadas costumbres del pueblo. Pero la novela funciona gracias al proceso de redención que vive el conocido como José, el “Whisky Priest”, antihéroe que prefiere el martirologio antes de renunciar a su fe a pesar de saberse un pecador irredento. El poder y la gloria le causó varios problemas al autor —para entonces ya católico converso— tanto a nivel personal como institucional, aunque le hayan pesado más los conflictos con el Vaticano que con México. Greene estaba consciente de que su novela representaba una especie de alegoría sobre el bien y el mal, tema que también toca en otros libros, pero que, al ubicarla en ese México persecutorio, cobra dimensiones realmente dramáticas: “¿Que por qué me expresé con tanta ira contra México? —se cuestionó el autor en una entrevista que le hiciera Raúl Ortiz y Ortiz—. Tal vez porque aquí encontré la verdadera fe […] desde entonces nada volvió a ser igual […] porque más incontenible hubiera sido mi ira si mejor me hubiese percatado de todo el horror, de la injusticia, de las arbitrariedades y de la corrupción que presencié”.

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Greene, como Lawrence, consideraba que en nuestro país existía, desde la cultura prehispánica hasta nuestros días, un culto inveterado hacia la violencia, la crueldad, la corrupción, la injusticia y la muerte. Lawrence sentía cierta atracción hacia esa parte salvaje pero Greene deploró esa actitud hasta el fin de sus días y así lo manifestó cuando volvió a pasar por México rumbo a Cuba.

 

IV

Más cuestionable resulta la postura de Evelyn Waugh quien, como Greene, vino también a este país durante 1938, comisionado por la familia Pearson para que escribiera un libro contra Lázaro Cárdenas y la expropiación petrolera que publicó bajo el título Robo auspiciado por la ley pero que, afortunadamente, no tuvo mayor repercusión, primero porque no era una novela sino un reportaje y además porque el propio autor lo retiró de la circulación, consciente de que lo había escrito por razones meramente mercenarias.

De hecho, quien mejor entendió y más amó a México entre los escritores ingleses que nos visitaron durante la primera parte del siglo xx fue, sin lugar a dudas, Malcolm Lowry, quien vivió más tiempo en nuestro país y lo entendió y conoció con mayor profundidad. Lowry llega por primera vez a finales de 1936 en compañía de su esposa Jan Gabriel y se asienta en Cuernavaca hasta diciembre de 1937. Vuelve con Margerie Bonner, su segunda esposa, en 1945 para afinar el borrador de su novela Bajo el volcán, en el que ya había trabajado durante años. Pero de hecho desde su primera estancia en suelo mexicano, Lowry se sintió plenamente identificado con lo que Ronald G. Walker definiera como el “Paraíso infernal” donde encontró el lugar y la civilización que le permitieron comprender su propia tragedia personal de condenación y abandono gracias a los mitos y leyendas nacionales de los que paulatinamente se apropió. El primero de ellos fue el del volcán Popocatépetl que le sirvió como imagen infernal de la novela y bajo cuya sombra ocurre la tragedia amorosa, mítica y metafísica de su protagonista, el Cónsul, abandonado por su esposa Yvonne a causa de su dipsomanía. A esto hay que añadirle que Lowry se sirve lo mismo de la idea de la expulsión del paraíso terrenal que de la condenación a los infiernos de Fausto y se identifica con Cortés y la Malinche, con Maximiliano y Carlota, con la República española… y con la frase atribuida a fray Luis de León que reza: “No se puede vivir sin amar”. En la novela Lowry aclara: “el nombre de esta tierra es el infierno […] por supuesto que no está en México sino en el corazón”.

 

V

El caso particular de Aldous Huxley es, sin duda, el más complejo, el más extraño y el que menos justifica su natural aversión hacia México. Ronald G. Walker en su libro Paraíso infernal. México y la novela inglesa moderna define lo descrito por Huxley en su libro de viajes como “México, chivo expiatorio”. Huxley realizó un recorrido por el Caribe, Centroamérica y el sur de México en el barco H. M. S. Britannic en el año de 1933, es decir, diez años más tarde que Lawrence, tres antes que Lowry y cinco antes que Greene y que Waugh. Los otros autores tenían presuntas justificaciones o pretextos ya fueran de carácter megalómano, religioso, político, económico o social para criticar a México pero Huxley, novelista, ensayista, intelectual y presunto cronista de viajes, miembro de una familia de científicos de prosapia —y acaso por lo mismo empachado de Darwin, Mendelson, Pavlov et al.— muestra, como lo ha comentado el propio Ronald G. Walker, que realmente “no estaba capacitado para aceptar o comprender los afanes espirituales que empezaría a experimentar durante su viaje a Centroamérica y, especialmente, por México”.