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Ernest Hemingway
Una fiesta que nos sigue moviendo

Guillermo Vega Zaragoza

 

En noviembre de 2015, una nota del periódico español El País informó que, días después de los ataques perpetrados por terroristas islámicos —en los que murieron 137 personas y otras 415 resultaron heridas, la noche del 13 de noviembre de 2015 en París, Francia—, las ventas del libro de memorias de Ernest Hemingway, París era una fiesta, tuvieron un repunte extraordinario: en tres días se vendieron 12 mil ejemplares y se mandó a hacer una reimpresión de otros 20 mil, cuando el año anterior apenas se habían logrado vender ocho mil. ¿Por qué estas memorias de la idealizada juventud de un escritor en ciernes a principios del siglo XX en París siguen ejerciendo una perenne fascinación?

La primera impresión que tuve fue que en esta ocasión había sido producto más de un bienintencionado malentendido que de una convicción precisa. El editor de la versión francesa, entrevistado para la ocasión, declaró que “el libro habla de cosas distintas de las que estamos viviendo, pero describe un París intelectual lleno de terrazas, donde la gente se encontraba para beber cafés y copas de vino. Su espíritu corresponde a lo que les apetece reivindicar ahora a los parisienses, ese espíritu eterno. Su título emblemático sirve para decir que París siempre será una fiesta”. Eso me hizo pensar en la película Midnight in Paris, de Woody Allen, quien recrea ensoñadoramente esa época en forma de comedia romántica.

Incluso sin saber de qué trata realmente el libro, tal parece que los parisinos de hoy se acercaron a él en busca de algo que sienten que se les escapa. El título original del libro es A Moveable Feast (y no París era una fiesta, como se conoce tanto en español como en francés). Fue sugerido a la viuda Mary Welsh por A. E. Hotchner, editor, amigo y biógrafo de Ernest, quien recordó haberle escuchado decir en el bar del Ritz de París en 1950: “Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará, vayas adonde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que se mueve”.

 

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Ernest Hemingway afuera de su residencia en el 113 de la Rue Notre-Dame-des-Champs, Paris, en 1924
© Wikicommons

 

En noviembre de 1956 la gerencia del Hotel Ritz de París le regresó al autor de Por quién doblan las campanas dos pequeños baúles de su propiedad que se habían conservado ahí desde marzo de 1928. Según cuenta Seán Hemingway —nieto de Ernest, hijo de Gregory—, los baúles contenían restos olvidados de los primeros años de Hemingway en París: páginas mecanografiadas, cuadernos con apuntes para The Sun Also Rises (Fiesta, como le pusieron en español), libros, recortes de periódico y ropa vieja. Le enviaron el cargamento a su finca en Cuba. Su contenido lo impulsó a escribir una serie de viñetas sobre sus días en París de 1921 a 1926. Trabajó en ello intermitentemente desde 1957 hasta noviembre de 1959, cuando le envió el borrador a su editor, sin introducción, ni capítulo final, ni título definitivo.

Ernest Hemingway, Premio Nobel de Literatura, no volvería a tocar el manuscrito. El 2 de julio de 1961 se descerrajó un escopetazo en la cabeza.

Sin embargo, Mary Welsh, la cuarta y última esposa de Hemingway, decidió editarlo y publicarlo como libro con el título de A Moveable Feast —frase que no se menciona en el texto sino en el epígrafe inicial—, con una nota suya y un prefacio de Hemingway que en realidad está tomado de párrafos provenientes de varias cartas. Así apareció en 1964, como el primer libro póstumo del escritor norteamericano más renombrado de la primera mitad del siglo XX.

Para Mario Vargas Llosa —quien escribió el prólogo de una edición del libro en español en 1987 y que luego incluiría en su obra La verdad de las mentiras—, París era una fiesta, “más que una evocación nostálgica de la juventud, es una invocación mágica, un esfuerzo inconsciente para, retornando mediante la memoria y la palabra al apogeo de su vida, el momento de mayor empuje y fuerza creativa, recuperar aquella energía y lucidez que ahora lo están abandonando de prisa. Y el libro es también un desquite póstumo, un arreglo de cuentas con viejos compañeros de vocación y de bohemia. Libro patético, canto de cisne —pues fue el último libro que escribió—, esconde, bajo la engañosa pátina de los recuerdos de su juventud, la confesión de una derrota. Aquel que comenzó así, en el París de los locos años veinte, tan talentoso y tan feliz, tan creador y tan vital, aquel que en pocos meses fue capaz de escribir una obra maestra —The Sun Also Rises— al mismo tiempo que exprimía todos los jugos suculentos de la vida —pescando truchas y viendo toros en España, esquiando en Austria, apostando a los caballos en Saint-Cloud, bebiendo los vinos y licores de La Closerie— está ya muerto, es un fantasma que trata de aferrarse a la vida mediante aquella prestidigitación antiquísima inventada por los hombres para, ilusoriamente, prevalecer contra la muerte: la literatura”.

 

Debo confesar que este libro de Hemingway ejerció sobre mí una fascinación incluso antes de haberlo leído, precisamente a partir del texto de Vargas Llosa. Hace 20 años, el 19 de marzo de 1996, luego de leer el ensayo del autor de La ciudad y los perros, escribí con tinta roja (algo que casi nunca hago) en mi cuaderno de notas: “Buscar París era una fiesta de Ernest Hemingway”. Lo busqué por cielo, mar y tierra; lo pedí en librerías de nuevo y de viejo. Agotado e inconseguible. Pasó el tiempo y lo olvidé. Poco más de dos años y medio después, el 6 de junio de 1998, vi la película City of Angels (en español le pusieron Un ángel enamorado), de un tal Brad Silverling, remake de Las alas del deseo (Der Himmel über Berlin) de Wim Wenders. Es la historia de un ángel llamado Seth (Nicolas Cage) que se enamora de una doctora (Meg Ryan), pero para poder amarla tiene que convertirse en humano. En ese mundo de ficción, entre otras cosas, los ángeles habitan en las bibliotecas y leen las mentes de los lectores. En uno de sus recorridos por los pasillos, Seth encuentra a un anciano que está leyendo A Moveable Feast y escucha esto: “Sabías que siempre habría primavera, como sabías que el río volvería a fluir después del deshielo. Cuando continuaron las frías lluvias y acabaron con la primavera fue como si un joven hubiera muerto por nada”. Intrigado, Seth observa el título en la portada. Al día siguiente, el libro aparece en el buró de Maggie. Intrigada, lo lee y decide regresarlo a la biblioteca. Ahí se encuentra a Seth:

—¿Te gusta Hemingway? —dice él al ver el libro que lleva.

—Sí, me está empezando a gustar.

Seth lo toma y lo abre.

—¿Puedo?

Comienza a leer: “Al comer una ostra, con su fuerte sabor a mar y ese punto metálico que tienen al beber el fresco jugo de la concha y pasarlo acompañado por el refrescante sabor del vino desaparecía la sensación de vacío y comenzaba a ser feliz”.

—Siempre describía el sabor de las cosas. Me gusta eso — dice Seth.

—¿Vienes mucho por aquí? —pregunta Maggie.

—Vivo aquí.

—¿Qué haces?

—Leo.

—No, ¿en qué trabajas?

—Soy mensajero.

—¿Qué tipo de mensajero? ¿De los de moto?

—No, soy mensajero de Dios.

—¿Tienes un mensaje para mí?

—Te lo acabo de dar.

Seth se enamora de Maggie porque ella pudo mirarlo a los ojos mientras le daba masaje al corazón de un hombre para revivirlo después de una operación. Decide convertirse en hombre y renunciar a la eternidad para poder sentir, oler, comer, hacer el amor. Pero para dejar de ser ángel tiene que lanzarse al vacío desde las alturas. Un ex ángel que lo hizo antes que él le advierte: “Te despiertas apestando y dolorido de pies a cabeza, con más hambre que en toda tu vida, sólo que no sabes qué es el hambre ni nada de eso, todo resulta confuso y doloroso, pero bueno, muy bueno”. Seth se avienta desde lo alto de un edificio y ya como humano va en busca de Maggie. La encuentra, se aman apasionadamente, pero al día siguiente sucede lo inevitable: Maggie muere en un accidente. Seth experimenta el dolor profundo. Uno de sus colegas ángeles le pregunta: “Si hubieras sabido que iba a pasar esto, ¿lo habrías hecho?”, y Seth le contesta: “Prefiero haber olido una sola vez su cabello, un beso de sus labios, una caricia de su mano, que toda la eternidad sin ella”.

En ese momento de mi vida, hace casi 20 años, para mí fue inevitable acusar recibo del mensaje que ¿Dios?, ¿los arcanos?, ¿el destino? me estaban enviando con esta película y con el libro de Hemingway: la literatura me había visto a los ojos, como Maggie a Seth. La literatura es una mujer que con sus propias manos puede abrir el pecho de los hombres y tratar —a veces inútilmente— de revivir sus corazones. El escritor es un ángel, un mensajero de algo que no sabe muy bien qué es, pero que tiene que decírselo a los hombres. ¿Fue casualidad que Seth dijera “aquí vivo” en una biblioteca y que el libro fuera A Moveable Feast, que yo había tratado de conseguir infructuosamente durante años? Seth necesitaba volverse humano para poder amar a Maggie, no le importó renunciar a la eternidad, a escuchar la música celestial del amanecer si iba a poder sentir, oler, saborear, en una palabra: vivir. Así el escritor: necesita renunciar a lo que no lo deja vivir con plenitud, a todo lo que lo distrae, para consagrarse a lo que verdaderamente ama: la literatura.

 

Hacia finales de 2006, una amiga me trajo desde España la edición de Seix Barral de París era una fiesta, en la traducción de Gabriel Ferrater, que atenta en forma lamentable contra la brillantez y la tersura de la prosa original de Hemingway. Tiempo después apareció una edición de bolsillo con prólogo de Manuel Leguineche, quien asegura que Hemingway exagera, pues no vivía tan pobremente en ese entonces en París como lo cuenta, ya que él y su esposa recibían dinero de varias fuentes y la vida era barata. En 2014 compré una nueva edición del libro, publicada por Lumen, en un formato más grande. Lo guardé y apenas a fines del año pasado lo tomé para releerlo. Me encontré con que era una versión —considerada “definitiva en castellano” por la editorial, anunciado esto en interiores con una nota, pero no en la portada ni en la cuarta de forros—, basada en la edición restaurada por Seán Hemingway en 2009. En efecto, es una edición diferente: el orden y el título de algunos capítulos están cambiados, se ha añadido una nueva sección de “Bocetos de París”; no incluye ya ni el epígrafe, ni la nota de Mary Welsh ni el prefacio de Ernest. Busqué la versión en inglés y me encontré con que Lumen había escamoteado el prólogo de Patrick Hemingway, segundo hijo de Ernest y primero con Pauline Pfeiffer, y la introducción de Seán, donde aclara punto por punto todos los cambios que le hizo a la edición armada por la última esposa del escritor. Su objetivo era restituir el texto tal como lo mandó su abuelo al editor en 1959. Algunos lo han criticado por ello, pero lo cierto es que esta edición restaurada arroja nueva luz sobre el libro y, lo más importante, sobre el sentido de su enigmático título original.

En el prólogo, Patrick Hemingway revela que la referencia a París como una fiesta móvil, movible o que se mueve proviene de la liturgia cristiana. Nos recuerda que Ernest se convirtió al catolicismo para casarse con Pauline Pfeiffer. En la Wikipedia se asienta que, en el cristianismo, una fiesta movible o fiesta móvil es una celebración en un calendario litúrgico que se produce en fechas diferentes (relativo al calendario solar o civil dominante) en diferentes años. El conjunto más importante de fiestas movibles es un número fijo de días antes o después del Domingo de Pascua —la Semana Santa—, que varía por más de 40 días dependiendo de la fase de la Luna.

En la nota periodística de El País mencionada al principio, se registra la opinión de un crítico literario: “Es el título el que ha sido adoptado como un eslogan, y no su contenido, que poca gente recuerda hoy. Pero nos recuerda que Francia es una nación literaria, donde los libros sirven siempre de símbolos”. Entonces, para mí, mientras escribía este artículo, las cosas empezaron a tener sentido. Por esos mecanismos misteriosos y casi mágicos que tiene el verdadero arte, el símbolo tan poderoso que está plasmado en el título original y que retoma la película que me conmocionó y significó tanto para tomar una de las decisiones más importantes de mi vida, es el de la resurrección. Para alcanzar la vida eterna, de alguna manera hay que morir y resucitar, como el propio Jesucristo. A través de ese libro, en el que recreaba la mejor época de su vida, cuando era joven y pleno, Hemingway resucitó por unos momentos como escritor después de saberse acabado. El ángel renunció a la eternidad para poder vivir, sentir y amar a una mujer. Los franceses, aun antes de leerlo, sintieron que el libro les diría algo sobre la posibilidad de sobrevivir y renacer después de tan traumáticos acontecimientos. A mí, simplemente, me cambió la vida.