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Los Cuadernos de Lichtenberg
A vender los pantalones

Guillermo Vega Zaragoza

 

Quien tenga más de un par de pantalones, que venda uno y compre este libro.
G. Ch. L.

 

Hermida Editores de Madrid ha emprendido la afortunada empresa de publicar en español la edición completa de los Cuadernos de Georg Christoph Lichtenberg, labor formidable y agradecible si las hay. En México quien se ha encargado de difundir con especial entusiasmo la obra de este científico y pensador alemán ha sido Juan Villoro, con dos ediciones agotadas de su propia selección y traducción de Aforismos (ambas en el Fondo de Cultura Económica: la primera de 1989 y la segunda, ampliada, de 2012). Cabe destacar que hay un par de versiones más en español: una, en Edhasa, traducida por Juan del Solar, 2008; y otra, en Cátedra, armada por Feliciano Pérez Varas y Manuel I. Montesinos Caperos, 2009.

 

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Al disfrutar la lectura del primer volumen de estos Cuadernos —en la traducción de Carlos Fortea y con una introducción de Jaime Fernández— llama la atención que las colecciones de escritos de Lichtenberg hayan sido tituladas “aforismos”, cuando este profesor de física y astronomía de la Universidad de Gotinga no se limitaba a este género minúsculo, sino que (ahora lo sabemos) desarrollaba su pensamiento en forma libre, sin las ataduras formales de los géneros. Fernández aclara que “el título de Aforismos que figura en las portadas de las antologías publicadas hasta ahora en numerosos idiomas no fue ideado por su autor, a quien seguramente le hubiera parecido extraño”. Un aforismo es un pensamiento condensado y las reflexiones de Lichtenberg constituyen un proceso, un work in progress, justamente por su carácter “hipotético”. Él mismo reconoció que anotaba sus pensamientos no para fijarlos, “sino para probar si se relacionan”.

Hay escritores que verdaderamente se adelantan a su tiempo. Lichtenberg era, sin duda, uno de ellos. Para Jaime Fernández fue el precursor de la greguería ramoniana, pero ya entrados en gastos podríamos decir que es el bisabuelo del poemínimo huertiano y el tatarabuelo de Twitter. No es descabellado pensar que, de haber vivido en esta época, Lichtenberg habría sido un excelente twittero. Sus aforismos prefiguran lo que se ha conformado como las características de un buen tuit: concisión, agudeza, ironía, inteligencia, profundidad y ligereza. En estos tiempos del pensamiento fragmentario, Lichtenberg nos devuelve la fe en que con los pedazos de una reflexión incisiva se puede armar una visión del mundo. Como dijo Elias Canetti: “Que Lichtenberg no quiera redondear nada, que no quiera terminar nada, es su felicidad y la nuestra; por eso ha escrito el libro más rico de la literatura universal”.

Señala Jaime Fernández:

Imaginación, ingenio, observación y curiosidad fueron los puntos cardinales que orientaron a este espíritu despierto, aunque tuviera que admitir que la razón y la imaginación habían vivido en él “un matrimonio bastante desdichado”. Y todo ello sin alejarse del sentido común, que define como “el conocimiento intuitivo y siempre vigilante de la verdad de unos cuantos principios de utilidad general”, y al que se accede persiguiendo cada cosa “hasta el último extremo, de suerte que no quede la menor idea oscura”. Sin sentido común no hay virtud —matiza en una de sus anotaciones— y sólo éste hace al gran escritor. Los cinco volúmenes de los Cuadernos constituyen el mejor testimonio de ello, el reflejo vivo de una mente en acción que, desde los años de estudiante hasta pocos días antes de morir, no cesó de observar, mirar e indagar, balanceándose constantemente sobre un sinfín de hipótesis.

Lichtenberg fue un científico y escritor alemán, que vivió de 1742 a 1799 y trabajó como profesor de la Universidad de Gotinga. Fue el primer catedrático de física experimental de Alemania. El menor de 17 hijos de un pastor protestante, enfermo de escoliosis (columna desviada), se volvió un niño extremadamente curioso y observador.

A los diez años ya hacía preguntas sobre las estrellas y las auroras boreales y apuntaba sus pensamientos y hallazgos en tarjetas. En 1763 entró a la Universidad de Gotinga para estudiar matemáticas, historia natural y astronomía. En 1770 viajó a Inglaterra para ser tutor de dos estudiantes ingleses y conoció al rey Jorge III. Ambos quedaron impresionados mutuamente: uno, por la inteligencia del científico, y este por el hecho de que a un monarca le interesara saber sobre las fases del planeta Venus. Volvió a la isla en 1774 para descubrir que “en realidad fui a Inglaterra a aprender a escribir en alemán”. Fue lector de los clásicos del siglo xviii inglés, como Jonathan Swift, Laurence Sterne, Henry Fielding y Samuel Johnson, con quienes lo hermanaban la faceta festiva, el sarcasmo y el sinsentido, lo que llevaría a André Breton a considerarlo uno de los grandes maestros del humor negro y “padre de la patafísica”.

Sus observaciones cotidianas las escribía en los cuadernos que serían publicados hasta después de su muerte. En ellos apuntó todo lo que le interesaba, o mejor dicho: le interesaba todo: la comida, la bebida, el cuerpo, el amor, la sexualidad, los sueños, la soledad, el lenguaje, la religión, la muerte, el mundo de los libros, la ciencia, la filosofía, la política… Escribió, por ejemplo, sobre las 62 maneras de sostener el rostro con la mano y el antebrazo. Tumbona Ediciones publicó en 2007 una deliciosa curiosidad (es que todo en Lichtenberg lo es): este breve tratado del maestro, complementado con las anotaciones del etólogo Andrés Virreynas y las ilustraciones de Luis Blackaller.

Quiso escribir una novela, pero sólo logró pergeñar unos cuantos párrafos. “Hacia el final de su vida —cuenta Juan Villoro— concibió una sátira autobiográfica, Le procrastinateur, donde pensaba burlarse de sus proyectos eternamente pospuestos. Fue demasiado fiel a su tema: no la escribió”.

Fue un destacado estudioso de los fenómenos de la electricidad. Descubrió la polaridad de cargas y le dio los signos + y –, que se siguen utilizando para identificarlas. Su fama hizo que en su laboratorio lo visitaran otros científicos a quienes sorprendía con sus experimentos. En 1784 llegó a Gotinga Alessandro Volta, entonces profesor de la Universidad de Pavía. Lichtenberg lo maravilló con sus experimentos y Volta quiso corresponderle, pero todo le salía mal. En la cena, al día siguiente, Lichtenberg le planteó otro experimento: “¿Cuál es la manera más sencilla de eliminar el aire de una copa sin usar una bomba de aire?”. Volta no la sabía. Lichtenberg llenó las copas de vino y repitió el experimento hasta la madrugada.

Curiosamente, se anticipó dos siglos a las teorías de Sigmund Freud —quien utilizó algunos de los aforismos de aquel para su análisis del chiste—, pues Lichtenberg señaló que una tarea digna del más grande de los psicólogos sería estudiar la naturaleza del alma a partir de los sueños. Aunque dormidos actuemos menos, “es precisamente ahí cuando el psicólogo despierto tendría muchísimo que hacer”. Creía que si la gente “estuviera dispuesta a contar sus sueños con sinceridad, estos, más que el rostro, permitirían descubrir cosas sobre su carácter”. Los sueños son útiles “en la medida en que representan el resultado natural de todo nuestro ser, sin la coacción de una reflexión muchas veces artificial” y están compuestos por las ideas y representaciones que tenemos en estado de vigilia. Es cierto que cuando soñamos “somos todos locos y nos falta el cetro: la razón” —él mismo soñaba a menudo que comía carne humana cocida—, pero sentimos igual que en la vigilia, por lo que es preciso sumar los sueños a nuestra existencia real.

Jaime Fernández señala que también Lichtenberg se adelantó a Freud y al psicoanálisis al imaginar el extraño espectáculo de una boca de alguien “que empezara a contar un día sus historias más secretas sin que hubiera forma de pararla y teniendo que observar el interesado la plena posesión de su juicio”. La situación se le antojó muy ridícula. Dice Fernández: “Ignoro si conoce esta cita, pero al novelista Philip Roth tendría que encantarle. Esa misma ‘situación ridícula’ a la que alude tan gráficamente Lichtenberg es la que describe en su novela El lamento de Portnoy (1969): un joven que se tumba en el diván de un psicoanalista y se pasa trescientas páginas contándole sus más oscuros secretos”.

Su precaria salud y la malformación en la columna afectaron sin duda su vida y su carácter, pero para bien, pues lo indujeron a ser un gran observador de la naturaleza humana y de los fenómenos del universo. Para Juan del Solar, Lichtenberg era “un hombre que se debatía entre la espiritualidad más pura y la más carnal de las sensualidades… Sus cartas y diarios nos lo presentan como un personaje de gran ternura y calor humano, dueño de un imbatible sentido del humor que, no obstante, podía degenerar en el más implacable de los sarcasmos”.

Cuántas personas “normales” físicamente tienen mentes vacías, o peor: piensan aunque no hacen ningún bien ni para sí mismos ni para los demás, sólo ven por su propio beneficio y medran aprovechándose y utilizando a los demás como simples vehículos de sus ambiciones y perversiones.

Para escribir aforismos —ya no digamos desarrollar pensamientos propios y originales como Lichtenberg— es necesario haber desarrollado una gran capacidad de introspección y observación, es decir, mirar hacia dentro y hacia afuera con inteligencia, talento y bondad: “Quien no emplea sus talentos para instruir o mejorar a los demás es o bien una mala persona o bien una cabeza limitadísima”. Lo que nos demuestra Lichtenberg es que la reflexión para comprender y explicarse el mundo es un trabajo minucioso y arduo que puede llevar toda la vida, y no puede volverse un torneo de vanidades para aparecer como profundo e inteligente cuando en realidad se tienen pensamientos mediocres, o peor, cuando se copia o se plagia impunemente.

Como ha señalado Enrique Vila-Matas, “con Lichtenberg muchos aprenden a pensar, a reír por ellos mismos. Creador de grandes y cómicas miniaturas portadoras de epifanías, fundó, con la ayuda de Sterne, la risa contemporánea”. Para Juan Villoro, “Lichtenberg fue un enemigo del dogmatismo, el fanatismo, el pensamiento único de cualquier signo y entendió la tolerancia como un atrevimiento intelectual que permitía respetar los derechos de ideas ajenas. En este sentido, su ironía también es una ética: se burla de los otros pero con el afecto de quien les concede un lugar y los considera necesarios para que prosiga la comedia humana”.

Uno de sus innumerables dardos fue acuñar el término “cacalibri” para definir al prototipo de estudioso que “escribe todo el tiempo sin ser de utilidad al mundo ni decir nada nuevo y que tampoco muestra el menor talante filosófico en su trato ni da indicios de tenerlo en sus obras”. El “cacalibri” no tiene ningún respeto por el lector, lo único que le importa es impresionar, pasar por “cultísimo”, ametrallando con citas, nombres y referencias, acumuladas una tras otra sin el menor orden ni concierto, con prosa retorcida y pacata. Pocas veces tiene ideas propias: sólo se encarga de secuestrarlas y transcribirlas (generalmente mal) para engatusar a los incautos. Cree ser poseedor de un estilo “excelso”, pero no sabe ni dónde poner correctamente una coma. Lo peor es que esos “cacalibri” tienen espacios donde publicar, por amistad o conveniencia, para seguir propinando sus atentados a quienes tienen la mala suerte de toparse con ellos. Alguien debería obligarlos a parar, decirles: “¡ya, suficiente, no más!”. La humanidad se los agradecería infinitamente.

Lichtenberg ha sido admirado lo mismo por artistas que por científicos y filósofos. Se dice que Immanuel Kant lo leyó atentamente, con lápiz en mano. Friedrich Nietzsche afirmó que los Aforismos de Lichtenberg era lo único de la prosa alemana que merecía ser leído una y otra vez, junto a las Conversaciones con Goethe, de Johann Peter Eckermann. Para Arthur Schopenhauer, Lichtenberg es un modelo de los que él denomina “verdaderos filósofos”, los que piensan por y para sí mismos, pues sólo ellos se toman en serio su actividad, que constituye el goce y la dicha de su existencia. El propio Goethe apuntó que “podemos utilizar los escritos de Lichtenberg como la más maravillosa de las varitas mágicas; donde él hace una broma, hay algún problema oculto”. Freud comentó que los chistes de Lichtenberg sobresalen por su contenido intelectual y la seguridad con que dan en el blanco. Albert Einstein dijo que no había conocido a nadie como Lichtenberg “que oyera crecer la hierba con tanta claridad”. Y la nómina crece y crece: Karl Kraus, Hugo von Hofmannsthal, Ludwig Wittgenstein, Robert Musil, Thomas Mann, Robert Walser, W.H. Auden, Kurt Tucholsky, Stanisław Jerzy Lec, Jorge Luis Borges, Günter Grass, Alejandro Rossi, Guillermo Cabrera Infante, Enrique Vila-Matas…

Gracias a su ingenio e insaciable curiosidad, era un maestro querido y admirado. Cabrera Infante recordó que “Lichtenberg fue muy popular como profesor de física, con sus clases siempre llenas. Muchos alumnos no venían a aprender, sino a ‘oír a Lichtenberg’, pues ofrecía, sin que lo supieran ellos, no una lección, sino una educación”. A su funeral asistieron 500 alumnos, de los 693 que tenía la universidad. Si hubiera sido profesor de la unam hubieran asistido poco menos de un cuarto de millón de personas (246,630).