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A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, Juanita nos preguntó qué queríamos hacer. Don Alfonso se iría a trabajar a su oficina. Ya que no conocíamos Ginebra, Juanita nos llevaría a pasear por el viejo centro de la ciudad y luego a lo largo de las riberas del lago. Camino del centro, dejamos a don Alfonso en su oficina. Al bajarse del coche se acordó que tenía un recado para mí. Lo tenía apuntado en una tarjeta que había olvidado darme a mi llegada y que sacó de su portafolios y me entregó. Me había buscado Jens para decirme que llegaría a Ginebra dentro de unas horas y me había dejado el teléfono del hotel donde se alojaría. Por la tarde, cuando don Alfonso regresó de su trabajo y nosotros de nuestro paseo, le conté que Jens Evensen se encontraba en Ginebra y que me gustaría presentárselo. Le conté también que había hecho amistad con él, quien ahora luchaba por la desnuclearización de los países nórdicos contra la oposición de su propio gobierno. “Sé quién es, no lo conozco personalmente pero tengo conocimiento del decisivo papel que ha desempeñado en la Conferencia del Mar”, comentó don Alfonso, “me encantaría conocerlo… ¿por qué no lo invitamos a cenar mañana en la noche en el restaurante del Hotel des Bergues?”. Y dirigiéndose a mí primero y luego a Juanita y a Holly, añadió con ironía: “Podríamos usted y yo cenar con él y así ustedes dos tendrían la noche libre”. De modo que me comuniqué con Jens y le transmití la invitación de don Alfonso para cenar al día siguiente.

 

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Alva Myrdal y Alfonso García Robles reciben el Premio Nobel de la Paz 1982
© Jens O. Kvale / AP

 

Durante la cena, escuchamos a Jens hablar de la Conferencia del Mar y de su colaboración con la delegación mexicana en ese foro, pero sobre todo de su iniciativa sobre la desnuclearización del norte de Europa. Don Alfonso miraba con la mayor simpatía esos esfuerzos. Jens conocía la historia del Tratado de Tlatelolco y las características de su aplicación práctica, las importantes garantías que implicaban sus dos protocolos, etcétera. Sin embargo, quería oír al propio creador del tratado hablar sobre su obra. Don Alfonso respondió a todas sus preguntas con detalles prolijos. Acordaron mantenerse en contacto; don Alfonso prometió enviarle libros y diversos textos que podrían interesarle a Jens y este, por su parte, le enviaría el texto que él había propuesto como base de las negociaciones orientadas al establecimiento de la zona libre de armas nucleares en los países nórdicos.

Al regresar a Oslo, pedí una cita para entregarle al director Sverdrup los libros y los documentos que le enviaba don Alfonso. Acudí a la cita con Sverdrup con la intención de tratar el asunto de la candidatura de García Robles; había que hacerlo con prudencia y con tacto. Sabía que mi antecesor en la embajada había hecho campaña en los medios para apoyar la candidatura del presidente Echeverría; me habían contado que invitaba a la embajada a numerosas personas para sugerir que Echeverría merecía el premio. La campaña no prosperó en buena parte, según creo, por la obviedad y la insistencia con la que la manejó mi predecesor. Los terrenos del Comité Nobel son delicados. El comité guarda con el mayor celo la más rigurosa independencia, reserva y confidencialidad. Es sabido que no sólo rechaza cualquier intento de influir sus decisiones, sino que cualquier intento de esa naturaleza, por sutil que sea, resulta contraproducente.

La cordialidad con la que me recibió Sverdrup y el interés con el que hojeó los libros y documentos de García Robles me animaron tanto que no resistí la tentación de sugerirle algo. Yo entendía que era difícil otorgarle el premio a un desconocido por el público noruego, pero también sabía que con frecuencia los Premios Nobel, los de la Paz y también los otros, habían sido otorgados a dos o más personas. Sabía también que había otros candidatos asociados con el desarme, por ejemplo, la sueca Alva Myrdal, de quien con frecuencia se ocupaba la prensa noruega. “¿Por qué no le dan el premio a García Robles y a Alva Myrdal conjuntamente?”, le pregunté con miedo de llegar a arrepentirme algún día de mi atrevimiento. Sverdrup bajó la vista y se mantuvo en silencio durante muy largos segundos ponderando tal vez lo retórico de mi pregunta hasta que, para mi alivio, levantó la vista y mirándome a los ojos dijo: “Su idea no es mala”. Ni una palabra más. Ahí terminó nuestra entrevista. Salí impulsado por un gran aliento. Fuera de Holly, a nadie, ni siquiera a don Alfonso, le conté ni lo que yo le había dicho a Sverdrup ni lo que él me había respondido. La suerte estaba echada y si no le hubieran dado el premio a don Alfonso, yo no habría querido que me culparan por la impericia que revelaba el imprudente atrevimiento al inmiscuirme en terrenos que todos sabían que estaban vedados.

Holly y yo estábamos convencidos de que era muy necesario que don Alfonso fuera conocido en Noruega y personalmente por el Comité Nobel. Por eso, cuando don Alfonso me contó que él y Juanita viajarían a Holanda a principios de junio, Holly y yo los invitamos a que pasaran por Oslo a visitarnos. Le indiqué a don Alfonso que sería oportuno que lo entrevistaran en la televisión y en el periódico y que Holly quería preparar una cena aquí en la casa con gente vinculada con el premio y con el desarme. Aceptaron nuestra invitación y nuestras sugerencias. El jueves 4 de junio llegaron a Oslo. Al día siguiente, por la mañana, llevé a don Alfonso a los estudios de NRK, la televisión noruega, donde se grabó una entrevista con él que transmitirían esa misma noche. Por la tarde vino a la casa un periodista de Aftenposten, el principal diario noruego, con un fotógrafo, para entrevistar a don Alfonso. Ambas entrevistas giraron, por supuesto, sobre el Tratado de Tlatelolco y sobre la conveniencia de extender las zonas libres de armas nucleares a todas partes del mundo.

Por la noche, ofrecimos una cena en la casa; invitamos a la primera ministra, Gro Harlem Brundtland, y a su esposo. La habíamos conocido cuando era ministra del Medio Ambiente (a su marido Olav yo lo encontraba con frecuencia en el supermercado) y siempre que coincidíamos con ella en alguna cena me preguntaba cosas sobre México. Invitamos también al director del Comité Nobel, John Sanness, y a su señora; a Jakob Sverdrup y señora; a Bjartmar Gjerde y a su esposa; Gjerde, prominente figura del Partido Laborista, había sido hasta hacía poco ministro de Petróleo y Energía y ahora dirigía NRK, la corporación estatal de radio y televisión; a Marek Thee y su esposa, el director del Instituto para las Investigaciones sobre la Paz (PRIO). Jens Evensen no se encontraba en Noruega y la primera ministra me habló media hora antes de que llegaran los invitados para disculparse porque habían surgido “graves problemas” que debía atender de inmediato. Fue una lástima; me habría gustado que Gro conociera entonces a don Alfonso. La cena transcurrió muy animadamente. A la hora del café, don Alfonso tuvo la oportunidad de platicar con Sanness, Thee, Sverdrup y Gjerde; los dos primeros orientaron la conversación por los rumbos de las actividades de don Alfonso en el Comité del Desarme y de sus experiencias en relación con el Tratado de Tlatelolco. Don Alfonso cubrió esos campos con la claridad didáctica y la sencillez que siempre lo caracterizaron.

Era su primera visita a Oslo. Al día siguiente los llevamos a la Galería Nacional, al Museo Munch y al parque de Vigeland, además de hacer un paseo por el fiordo. El domingo los despedimos en el aeropuerto con la esperanza de volver a verlos pronto en Oslo. No fue tan pronto como lo deseábamos. En octubre, el comité anunció que el premio de 1981 se entregaría al Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. De vez en cuando, don Alfonso me enviaba textos suyos para que se los hiciera llegar al Comité Nobel. Entonces pasaba yo por la oficina de Sverdrup, le entregaba lo que don Alfonso le enviaba e intercambiábamos saludos. No volvimos a mencionar la candidatura. No había nada más que hablar sobre el asunto. Por mi parte, todo estaba dicho.

Hasta que, al año siguiente, llegó el anuncio del 13 de octubre. Como me lo había prometido ese día cuando le hablamos para felicitarlo, al otro día me llamó don Alfonso. Me pidió que le consiguiera los textos de los discursos que algunos premiados habían pronunciado a la hora de recibir el premio (entonces no existía Internet). Unos días después, volví a ver a Sverdrup, quien me recibió en su oficina con una gran sonrisa y un apretado abrazo. “Espero contar con una invitación para asistir a la ceremonia en el Aula”, le dije. “No tiene usted que decírmelo”, respondió, “no faltaba más, desde luego que le enviaremos una invitación para usted, para Holly y para sus dos hijos y otra para usted y Holly para la cena que ofrecerá el rey en el Grand Hotel en honor de los premiados. Voy a buscar los discursos que me pide y se los haré llegar muy pronto”.

El 8 de diciembre, a las 9 de la noche, aterrizaron don Alfonso y Juanita, Alfonso y Fernando. Holly y yo estuvimos en el aeropuerto, junto a Sverdrup, al pie de la escalerilla esperándolos. Imposible ocultar nuestra emoción. Sverdrup los llevó al Grand Hotel donde estarían alojados. Al día siguiente fuimos a almorzar con ellos y por la noche nos invitaron a los cuatro a cenar al restaurante del hotel. Fuimos ocho a la mesa. La ceremonia en el Aula de la universidad fue, como siempre, muy emotiva. Asistió el rey Olav con su hijo Harald, el príncipe heredero, y su esposa la princesa Sonja. Nos sentamos junto a los Brundtland; Gro acababa de dejar de ser primera ministra. Tampoco esta vez pudo estar presente Jens Evensen; se encontraba en Montego Bay, Jamaica, donde ese mismo día se abría para su firma la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar.  Pero el que sí estaba era William Epstein, el diplomático canadiense que había presentado la candidatura de don Alfonso.

Alva Myrdal y don Alfonso pronunciaron muy elocuentes discursos subrayando la importancia del desarme en los esfuerzos por la paz mundial. Don Alfonso, por su parte, propuso que se creara un premio de derechos humanos en vista de que últimamente se habían concedido premios teniendo en cuenta más la defensa a los derechos humanos que las tareas encaminadas hacia la paz.

Habían llegado a Oslo políticos y diplomáticos mexicanos que asistieron a la ceremonia. Volví ahí a ver a algunos de mis ex colegas. En la embajada de México se serviría un almuerzo para los mexicanos que habían llegado a Oslo. A la salida del Aula, me dijo don Alfonso que él y Juanita querían invitarnos a nosotros cuatro a comer, que por favor eligiéramos un restaurante. “Gracias, don Alfonso”, me apresuré a recordarle,  “pero hay un almuerzo en la embajada…”. “Lo sé”, me interrumpió, “ya le dije al embajador que nosotros no asistiríamos. Lo que nosotros queremos es estar solos con ustedes”. Y mirando a Holly, añadió: “¿Adónde quiere usted que vayamos?”. Holly sugirió “Engebret”, uno de los restaurantes más antiguos de la ciudad, no lejos del Grand Hotel.

Por la tarde, el rey recibió a don Alfonso en el Palacio y por la noche nos invitaron a que los acompañáramos al balcón del hotel desde donde presenciarían la tradicional marcha con antorchas con la que el pueblo de Oslo saluda cada año a los premiados. De ahí nos fuimos juntos a la cena del rey a la que asistió el gobierno en pleno, el Comité Nobel, miembros del parlamento y destacadas personalidades del mundo cultural y económico del país. Al día siguiente, víspera de su regreso a Ginebra, hubo una recepción en la embajada de México y por la noche vinieron los cuatro García Robles a cenar con nosotros en la casa. Al terminar de cenar, don Alfonso levantó su copa y, mirando a Holly, le dio las gracias por esta cena y por la del año pasado y terminó exclamando “¡Cómo olvidar aquella cena!”.