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Reencuadres

José Gordon

 

Una amiga fisioterapeuta me contó la historia. Un hombre mayor de edad al llegar a sus sesiones siempre mostraba una gran vitalidad, sentido del humor y calidez. Llevaba muy dignamente su vejez. Ella lo veía de lejos y lo saludaba. Ambos sonreían. No le tocaba tratarlo directamente.

Hubo una tarde en que todo cambió. Venía encorvado, sus pasos eran lentos. La tristeza era visible en sus ojos. Cuando el hombre se retiraba, ella no pudo contenerse. Se acercó a platicar con él. ¿Qué le pasaba? Él esquivó la mirada. Por fin encontró los ojos de su interlocutora y le confesó que su mujer había muerto. Eso había trastocado todo su mundo. Siempre había pensado que él moriría primero que ella. Nunca había imaginado otro escenario. Su pena y dolor, le dijo a mi amiga, eran insoportables.

Ella se quedó en silencio. Entonces le dijo: “Se da cuenta del gran acto de amor que usted ha hecho por su mujer. Al tener la fortaleza de sobrevivirla, usted la salvó de sufrir lo que está viviendo en estos días. Tal vez usted estaba más preparado para evitarle lo que ella no hubiera podido soportar”.

 

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M.C. Escher, Mano con esfera reflectante, 1935
© Wikicommons

 

El hombre se le quedó mirando. Había todo un reajuste en su pensamiento. Entendía perfectamente el punto. Agradeció las palabras de mi amiga. Pasaron los días. El hombre se acercó a platicar con ella. La tristeza seguía ahí, pero algo se había transformado profundamente. Tenía otra perspectiva de lo que había pasado. A eso se le llama reencuadre.

Los expertos señalan que el arte del reencuadre no pierde el foco de lo que pasa; sin embargo, permite verlo de una manera distinta desde un contexto más amplio. Carlos Monsiváis lo recordaba, con humor e ironía, al citar una frase de James Joyce que se aplica a los obsesivos relatos circulares que a veces dominan nuestra atención en la cultura mexicana: “Si no podemos cambiar de país, cambiemos de tema”. No se trata de una renuncia a la lectura de la realidad sino de una invitación a releerla fuera de la caja.

Cuando el reencuadre aparece en la ciencia ocurre algo similar. Surgen nuevos paradigmas. Un ejemplo de ello me lo ofreció el físico Leonard Susskind de la Universidad de Stanford, al hablar del estudio de las partículas en el interior del átomo. La evidencia experimental apuntaba a que no se trataba de puntitos, sino de una especie de ligas o cuerdas vibrantes. Así, junto con Yoichiro Nambu y otras personas, desarrolló la Teoría de Cuerdas para hadrones (así se llaman genéricamente las partículas dentro del núcleo del átomo tales como protones y neutrones). Sin embargo, tenía varios defectos. Parecía describir a los hadrones de la manera correcta, pero tenía algunas piezas extra que, aparentemente, no tenían nada que ver con la física de hadrones. Describía fuerzas adicionales que son llamadas fuerzas de largo alcance, fuerzas que se extienden en distancias largas. De hecho, una de las fuerzas se asemejaba a la gravedad, pero en ese tiempo no estaban tratando de describir la gravedad. No se pensaba que la gravedad tuviera algo que ver con los hadrones.

Eso era considerado un defecto ya que daba origen a algo que no estaba tratando de describir su teoría. Entonces surgió una especie de reencuadre. Algunos físicos como John Schwarz sugirieron que tal vez ahí se encontraba una teoría que podía explicar no tan sólo la fuerza que opera dentro del núcleo del átomo sino también a la fuerza de la gravedad. Susskind dice que eso parecía una locura: se habían salido de la caja conceptual con la que entendían los hadrones. Así, sin querer, se amplió aún más su visión del universo: en la Teoría de Cuerdas la gravedad quedaba unificada con las otras fuerzas de la naturaleza.

El ejercicio del reencuadre es liberador. Nos permite saltar los límites que nos encasillan. Un ejemplo de ello lo dio, también con gran humor e ironía, otro escritor irlandés. En una ocasión Bernard Shaw recibió una carta en la que estaba escrita una sola palabra: “Imbécil”. Bernard Shaw se salió de la caja y dijo: “He recibido cartas que no tienen firma. ¡Es la primera vez que recibo una firma sin carta!”.