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¡VIVA EL MOLE DE GUAJOLOTE!

El Universal Ilustrado fue el cuadrilátero donde se confrontaron las opiniones de contemporáneos y estridentistas. Era necesario, en primer lugar, responder a una pregunta fundamental: “¿Existe una literatura moderna mexicana?”. Sí, afirmó José Vasconcelos, aunque todavía en formación. Los literatos intentaban demostrar que, en efecto, existía. Sólo que cada uno tenía su idea del cómo.

Los llamados “contemporáneos” pertenecen a una generación de escritores que publicaron su obra en el semanario entre 1919 y 1935, entre ellos Salvador Novo —y su humor lacerante—, Xavier Villaurrutia —y su fineza—, Gilberto Owen y Jaime Torres Bodet. Eran “aquellos guerreros que libraban otra forma de batalla contra la reducida visión nacionalista, despreciadora de una cultura que no naciera de la pólvora y las cananas”, analiza Vicente Quirarte, eran “hijos de una tierra de sangre y arena, tuvieron que aceptar el reto de un país que exigía —acaso sin saberlo— su talento para la construcción de un nuevo mapa espiritual”. Aquella generación, que terminó por ser considerada de escritores “clásicos”, buscaba inspiraciones en la literatura europea para llevar a las letras nacionales a niveles universales. Siendo tan escasa la oferta de literatura propia, los contemporáneos tenían pocos ejemplos a seguir. Y como lo explicó el propio Salvador Novo, “en la escuela se invitaba a los alumnos a odiar a los españoles y a despreciar a los sajones, a aprender francés con delicia y a aceptar sin discutir la idea de que los Estados Unidos tenían rascacielos y opresión capitalista” (El Universal Ilustrado, 5 de junio de 1924).

 

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© El Universal

 

Los contemporáneos debían hacer propuestas propias, a partir de la aceptación de otras influencias y desde una postura crítica. La cultura mexicana debía trascender las fronteras no por un sentimiento de nacionalismo exacerbado mal entendido, sino por el valor intrínseco que ésta era capaz de aportar al ser humano. Jorge Cuesta creía que la época inmediatamente posterior a la pacificación de la República era propicia al cambio. Todo estaba por hacerse, tanto en el ámbito político como en el intelectual. El caos de una democracia recién nacida habría de rendir sus frutos en aquella ferviente búsqueda.

También los estridentistas hicieron su propia propuesta. A finales de diciembre de 1921, un joven estudiante de leyes, Manuel Maples Arce, tapizó los muros del Centro de la Ciudad de México con un manifiesto: “El comprimido estridentista (Actual No. 1)”. Junto a los carteles de corridas de toros y programas de teatros, el poeta pegó su grito subversivo. Era un acto nunca visto antes. Maples Arce quería mandar a Chopin a la silla eléctrica, provocar la erupción del Popocatépetl, cagarse en la estatua del general Zaragoza, “bravucón insolente de zarzuela”, y echar al apetito voraz de los zopilotes a todos los que no estuvieran con él. Ahí nomás. Aunque para algunos se tratara de una propuesta opaca y extravagante, copiada acaso de otros movimientos de la época como el futurismo, el cubismo o el dadaísmo, con el tiempo “estridentizar” se volvió un verbo. “¡Viva el mole de guajolote!” se convirtió en un grito —irónico— de guerra. Porque para Maples Arce el estridentismo no podía ser “una escuela, ni una tendencia, ni una mafia intelectual, como las que aquí se estila, el estridentismo es una razón de estrategia. Un gesto. Una irrupción” (El Universal Ilustrado, 28 de diciembre de 1922).

La reacción no se hizo esperar. “El estridentismo fue un grito, o un eco de un grito. ¿Para qué?” —escribió Salvador Novo—, “el joven no grita para demostrar lo que es. El joven se ríe, se alegra, danza, juega. Gritan dos especímenes opuestos: el salvaje y el que se ha vuelto loco de civilización” (El Universal Ilustrado, 11 de octubre de 1928). José López Portillo y Rojas, presidente de la Academia Mexicana de la Lengua, lo veía como “una enfermedad de los espíritus que flota en el aire que todos respiran” (El Universal Ilustrado, 8 de mayo de 1923). Villaurrutia, por su parte, reconoció que el estridentismo había “logrado rizar la superficie adormecida de nuestros lentos procesos poéticos” (El Universal Ilustrado, 29 de abril de 1926). Una poesía que Maples veía “como un tendajón mixto lleno de tepalcates románticos, todo menos original que un tibor de la basura”.

No es que unos fueran poco hombres y los otros muy machos, o unos patriotas y los otros malinchistas. Buscaban lo mismo para el devenir literario del país, pero de diferente manera.

No se trataba sólo de exponer una creatividad desenfrenada a través de la provocación, sino de ofrecer una respuesta única, y nacional de preferencia. El estridentismo incitaba a sus seguidores a sumergirse en el mundo que los rodeaba, porque el arte sólo podía ser relevante gracias a su contexto. Entre sus seguidores estaban músicos como Manuel M. Ponce y Silvestre Revueltas, artistas plásticos como Diego Rivera y Leopoldo Méndez. A través de manifiestos, revistas ilustradas y literarias, libros, los estridentistas pretendían exponer un movimiento estético que permeara las élites literarias. Maples Arce hizo otra cosa nunca antes vista: en su manifiesto puso una fotografía de sí mismo: un dandi con el negro pelo engominado, labios gruesos bien delineados, frac brilloso y una margarita en el ojal, con más aires de Rodolfo Valentino que de poeta maldito. El de pinta de actor de Hollywood encajaba bien entre los consumidores de El Universal: “pelonas” y dandis sedientos de confort moderno, electricidad en casa, auto en la puerta, cigarros finos, perfumes, remedios para mejorar la salud sexual… Y cuando no diseñaba manifiestos o asistía a las inauguraciones de Diego Rivera en la Escuela Nacional Preparatoria, Maples Arce se pasaba las tardes jugando al cubilete.

El primer reportaje sobre el estridentismo apareció en las páginas de El Universal Ilustrado el 24 de agosto de 1922. Hasta 1925, Manuel Maples Arce, apodado por Gregorio Ortega “nuestro apóstol”, firmó con frecuencia varios de los textos de la revista, llegó a contar incluso, a partir de enero de 1924, con una página literaria, el “Diorama estridentista”. Maples Arce se sirvió del semanario para promover su movimiento; sin embargo, como él mismo reconoció, en el extranjero fue mejor recibido que en México, donde a juicio del poeta el público era apático, poco propenso a exigir nada.

Un ejemplo emblemático del estridentismo fue La Señorita Etcétera, de Arqueles Vela, publicado en diciembre de 1922, en la colección de La Novela Semanal. Concentraba en su esencia toda la feminidad, a las mujeres todas reunidas en una sola. Era tan extraña en su composición, a pesar de sus escasas páginas (ni siquiera 32 porque había que incluir las ilustraciones), que podía provocar el rechazo o la aceptación del lector. “Nosotros nos lavamos las manos… Cada quien opine según su personal criterio y concédase, al menos, a este ecléctico suplemento de El Universal Ilustrado el raro mérito de hallarse abierto para todas las tendencias, contemplando serenamente todos los horizontes”, escribió Carlos Noriega Hope para presentarla.

Unos años después, Arqueles Vela afirmó que el movimiento estridentista tenía una sonrisa propia, como la tenían otras corrientes, parnasiana o postimpresionista. “Nuestra sonrisa es una sonrisa deportista. Usamos las raquetas del humanismo para mantener los conceptos y las frases en el aire idealista de los campos intelectuales, en una reciprocidad admirable, sin tocar la red de la realidad” (Arqueles Vela, “La sonrisa estridentista”, El Universal Ilustrado, 24 de diciembre de 1925).

Después de esta declaración de Vela, el movimiento empezó a desfallecer en la capital. Cuando se graduó de abogado, Maples Arce se mudó a Jalapa donde fue contratado por el gobernador de Veracruz, Heriberto Jara, primero como juez y luego como su secretario particular. En Veracruz, Maples Arce fundó Ediciones del Horizonte, y uno de los primeros títulos publicados por la casa editorial fue El movimiento estridentista. Con la anuencia de Jara, Maples contrató a varios de sus compañeros en el gobierno, entre ellos Germán List Arzubide y Ramón Alva de la Canal, lo cual le valió a Jalapa ser apodada “Estridentópolis”, hasta que el gobernador fue sustituido en 1927 y la sonrisa se desvaneció.

El Universal Ilustrado es uno de los testigos más valiosos con los que ha contado el país durante el periodo de entreguerras. De la literatura a la fotografía, de la caricatura a la crónica, del debate al ensayo, todo lo abarcó. Sus dos décadas de entrega al acontecer cultural de México son un delicioso paseo por cientos de vericuetos históricos —me permito aquí parafrasear a uno de sus directores emblemáticos, Carlos Noriega Hope—, cargados de frivolidad profunda e incontestable trascendencia.

 

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Mi mayor agradecimiento a Angélica Navarrete, coordinadora de documentación y archivo fotográfico del diario El Universal, así como a su equipo, por permitirme el acceso a los archivos de El Universal Ilustrado (1917-1926).